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M (
cuentos):::::::A las cuatro, con una puntualidad de autómata, empieza tu gira. Te sientas a la mesa de metal con tope verde de formica y las sillas de metal con espaldar de vinil que te gusta arañar para escuchar el ruido que hace. Apoyas la cabeza en una mano y te das el regalo revolucionario, la voz del PACOREDO. Terminas en las piernas de Nadie que te escribe poemas pequeños “para que te quepan en las manos y los ojos” y te dice que nunca permitas que la revolución te llegue sin una chilena en la ropa interior. Los poemas nunca aparecían, como nunca aparecían las fotos de Nadie. Tampoco aparecieron los libros de Nietzsche, Eco y Baudrillard ni los cd’s de Talking Heads, Blondie y Peter Tosh.
De esas reuniones, puedes resumir que a Nadie lo mataron, tu mamá terminó votando por el Partido Reformista y tu padrastro aún deambula por tu calle buscando a tu madre, con una ficha en la policía por abuso intrafamiliar, una cicatriz en la mano por una mordida tuya y un pote bajo el brazo.
El Ángel Exterminador
Historias de brujos y santos, de luaces, en la pared del fondo, una imagen del Gran Poder de Dios, de gente que, con interés en protegerse de todo el mal que hay en el mundo, se trasladan a Haití y compran allí un hombre que, con un cachimbo en la boca, pañuelo en la cabeza y todo, te da un vasito de agua con sabor a goma quemada o helado rancio que en tu estómago se convierte en un animal horrendo como un ciempiés gigante o una tarántula roja. Al momento de tu muerte, para poder fallecer en paz, agonizante en la cama debes esperar al brujo haitiano para que, diciéndote cosas al oído te haga vomitar al pequeño monstruo y facilitarte la muerte. A veces sucede –puede suceder– que tienes tiempo de buscar una buena mujer que te haga una cruz en el pecho con trementina o amoníaco para que una baba dulce te salga de la boca, llores mucho, hables en lenguas y duermas por tres días soñando con vírgenes y ángeles, ríos, cascadas y hermanos gemelos que no conoces. Cuando despiertas, ya no estás protegido contra el mal de ojo ni los hechizos. Sosteniendo un azabache, le cuentas historias de brujas al oído más cercano, bajito porque no se debe interrumpir si estamos haciendo lo que siempre hacemos, ver películas de Buñuel. Alguien levanta un brazo, es Tony que exhibe una mordedura extraña, un hueco pequeño y “esto algo tiene que ver con las brujas”, le digo al oído que tengo pegado a la boca. Y la boca me cree, abierta diciendo: “Wow”. Y sé que es mentira lo maravillada que está la boca (o la oreja), igual de mentira que hay brujas en todas partes esperando la oportunidad de chuparse a tus hijos y comerse tus intestinos con la única finalidad de ser brujas que chupan niños y comen intestinos, igual de mentira que todas las historias, lo que acabo de decir, tan mentira como la misma oreja, el antebrazo de Tony, la película de Buñuel, etcétera, etcétera, etcétera.
Resulta que tenemos la capacidad de mentir, todos los que estamos aquí, en el piso de la estancia de Tony. No somos los únicos, podemos inventarlo todo y modificarlo a conveniencia, inventar aforismos donde se descubre la verdadera identidad del Papa, el origen de las chancletas de goma, el uso desconocido de la luz de la televisión, la nueva función del hígado, la procedencia del dentrífico, la palabra noruega para: “el lavamanos roto me ha caído en el pie”, el proceso para declarar un perro, específicamente un German Pointer o un Gran Pirineo Masónico, en la tercera circunscripción del distrito, la fauna de Rumanía, a causa de lo extremado del clima… y empieza una ponencia sobre el fuego, a cargo del maestro Tony (ha perdido las llaves y necesita hablar para buscarlas), a quien le aparecen en las manos, sin la intervención de efectos especiales, aparatos de telecomunicación con los que, con la misma facilidad, se establecen conversaciones con poetas petromacorisanos fallecidos. Cuestión de brujería, o sea, la cosa más cotidiana del mundo, dice la voz en el celular, mientras yo pregunto la procedencia real de la pasta dental, curiosidad costosa si no se dispone de los compendios enciclopédicos adecuados.
Esa estúpida manía de llevar los zapatos puestos, dice la voz en la pantalla. Traducido al pie, en ese blanco y negro que es el mismo que tengo en mis pesadillas, donde va el subtítulo en inglés no dice nada. Al mismo tiempo alguien se quita el zapato izquierdo y dice con acento inglés, como se supone que se burle uno de la insuperablemente cómica podredumbre lingüística de un gringo hablando esingpañoles con acento: “esa estúpida manía de llevar los zapatos puestos”. En medio de la octava repetición de El Ángel Exterminador, frente a la pantalla del televisor, que más que televisor oráculo, o en este cajón cerrado que es la sala de Tony, nos da con movernos mucho, cambiar ochenta veces de posición, siempre repitiendo el diálogo sin emitir sonido, haciendo la voz de Silvia Pinal o de ese actor que es el mismo del telenovelón que veían en el canal seis cuando éramos pequeños. Todo esto porque Tony quiere mantenernos encerrados, metidos en su sala repitiendo chistes malos y mostrando de vez en cuando su mordedura de bruja. Yo me deslizo hasta el baño y desde allí grito mi último descubrimiento: “La vejiga deja de contraerse luego de media hora de aguantar las ganas de mear, por eso la orina desciende tan despacio y se dura más tiempo de pie, describiendo círculos en el inodoro tratando de que no se escuche afuera”. Cinco cojines se acomodan por decimoquinta vez y hasta hay una voz que, como presionando un botón automatizado, dice: “Wow”.
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